Filantropía veterinaria
Hay comportamientos caninos que sorprenden no solo por lo inaudito del suceso, sino por la inevitable reflexión humana que le sigue cuando lo conocemos.
PERROS DE PRENSA
Abel Imart (Santiago Arambilet)
9/25/20261 min read


Hace algún tiempo fuimos testigos del siguiente hecho: Conversábamos amigablemente a la puerta de una farmacia con el dueño del establecimiento, a tiempo que un perrillo faldero, más distraído de lo que debiera, fue atropellado por un carruaje. El resultado de este fatal lance fue quedarse el pobre animal con una pata fracturada; dando lastimeros aullidos, el pobre perro se dirigió a la botica, y el compasivo doctor, que debió entender la pretensión del animal le entablilló la pata y despidió al herido, no sin pasarle antes la mano por el lomo.
El doctor no se volvió a acordar de tal suceso; pero cuál seria su asombro al observar un mes después que el famoso herido entró en la botica dando amigables saltos y conduciendo a una señora que manifestó al farmacéutico su agradecimiento por la acertada cura, mostrando grande empeño en satisfacer sus honorarios.
Hasta aquí nada tiene esto de particular, porque lo raro, lo verdaderamente curioso, fue que a los pocos días, el falderillo aquel penetró en la botica acompañado de otro perro que había sufrido idéntica desgracia, y con tristes aullidos indicó al boticario su desgraciado compañero. El doctor lo curó también, y durante muchos años estuvo recibiendo la diaria visita de sus protegidos, que indudablemente creían de su deber manifestar su reconocimiento al filantrópico doctor.
Otras muchas observaciones podríamos citar, que demuestran que los animales tienen inteligencia; las abejas, los castores, los cuadrumanos, las arañas y otros muchos, dan notabilísimas pruebas de poseer una facultad muy superior a la del instinto; mas temeríamos pecar de difusos dando a conocer tan curiosas observaciones, y basta con lo expuesto para persuadirnos de que la Providencia ha dotado también de inteligencia a los animales, por más que no esté tan desarrollada como en el hombre, lo cual pudiera depender de que los animales no tienen más experiencia que la suya propia.
ABEL IMART
El Constitucional. 1877.
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