
Lecturas Caninas
Una selección de relatos, cuentos, historias, fábulas, poesías para ser narradas en público o disfrutadas en la intimidad de la lectura.
Un viaje por la memoria canina impresa
Recorriendo las estanterías perrunas de la biblioteca personal de Cuetaperros en busca de novedades y títulos clásicos olvidados
Sara Fernández. Lupito. Basado en una más que probable historia real. Editorial Bookolia. 2025.
Hay libros infantiles que parecen escritos para explicar algo a los niños y otros que, sencillamente, confían en su capacidad para descubrirlo. Sara Fernández ha construido con Lupito un álbum ilustrado de una delicadeza poco común, donde la precisión de las palabras y la extraordinaria expresividad de las imágenes se combinan para contar una historia que puede emocionar por igual a pequeños y mayores.
La obra nos traslada a un tiempo remoto, cuando los caminos de los seres humanos y los lobos todavía no se habían encontrado para iniciar una convivencia que acabaría transformando la historia de ambas especies. A través de un pequeño lobezno, la autora imagina ese primer acercamiento y construye un relato sobre el miedo, la curiosidad y la posibilidad de descubrir al otro más allá de las apariencias.
Uno de los mayores aciertos del libro reside en su escritura. Sara Fernández utiliza un lenguaje preciso, contenido y perfectamente ajustado al ritmo de la narración. No hay palabras innecesarias ni explicaciones que interrumpan la historia. Cada frase parece ocupar el espacio justo, dejando que las imágenes continúen contando aquello que el texto apenas necesita sugerir. Esa economía expresiva, lejos de empobrecer el relato, le proporciona una notable intensidad.
Pero es en las ilustraciones donde Lupito alcanza algunos de sus momentos más hermosos. La autora consigue transmitir sensaciones físicas difíciles de representar: el frío que parece atravesar el paisaje, la nieve que envuelve a los personajes, la presencia del viento, la incertidumbre ante lo desconocido o el calor protector del fuego. No se limita a dibujar escenarios; construye atmósferas que casi pueden sentirse sobre la piel. La delicadeza de sus imágenes no excluye la inquietud ni el temor, y precisamente en ese equilibrio encuentra buena parte de su fuerza narrativa.
Texto e ilustración mantienen así un diálogo constante. Ninguno de los dos lenguajes se limita a repetir lo que cuenta el otro. Se acompañan, se completan y dejan al lector espacio para imaginar. Es una cualidad especialmente valiosa en un álbum destinado a la infancia, porque reconoce que los niños son capaces de percibir matices, interpretar silencios y enfrentarse a emociones complejas sin que todo deba serles explicado.
Aunque su historia pertenece al territorio de la ficción, Lupito invita también a pensar en uno de los acontecimientos más fascinantes de nuestra historia compartida: el largo proceso por el que algunos lobos y seres humanos comenzaron a aproximarse hasta hacer posible la existencia del perro. La autora no pretende ofrecer una reconstrucción científica de aquel encuentro, sino imaginar su dimensión más íntima: el instante en que el temor puede dejar paso a la confianza.
Lupito es, en definitiva, una pequeña obra de notable sensibilidad artística, que demuestra cuánto puede conseguirse con las palabras necesarias y unas ilustraciones capaces de decir mucho más de lo que muestran. Un libro infantil realizado con inteligencia, respeto y una exquisita atención al detalle. De esos que merecen ser leídos en compañía, contemplados despacio y conservados mucho después de haber pasado su última página.


Costas Mavrudís. La inmortalidad de los perros. Editorial Hoja de Lata. 2017.
Hay libros en los que los perros protagonizan grandes aventuras, y otros en los que basta su presencia fugaz, una sombra o un recuerdo para que algo profundo se despierte en el lector. La inmortalidad de los perros, del escritor griego Costas Mavrudís, pertenece a esta segunda categoría. Y acaso sea esa su mayor singularidad: conseguir que el perro permanezca en nuestra conciencia incluso cuando parece haber desaparecido de las páginas.
El libro reúne una sucesión de relatos breves, estampas, recuerdos y reflexiones que se despliegan con una libertad poco frecuente. A veces el perro ocupa el centro de la escena; otras apenas atraviesa una anécdota, aparece insinuado en una evocación o se convierte en el hilo casi invisible que enlaza pensamientos aparentemente distantes. No hay aquí una narración convencional ni una voluntad de explicar sistemáticamente nuestra relación con los animales. Lo que encontramos es una delicada exploración de la memoria, el tiempo y las huellas que dejan los seres vivos en nuestra existencia.
Mavrudís posee una rara capacidad para convocar emociones mediante detalles mínimos. Una atmósfera, una luz, un olor apenas sugerido o el recuerdo de una escena cotidiana pueden adquirir una intensidad inesperada. Su escritura parece avanzar por asociaciones, como lo hace la propia memoria, recuperando fragmentos de experiencia que adquieren sentido al encontrarse unos con otros. El perro, presente o ausente, se convierte así en una referencia afectiva que atraviesa el libro sin imponerse sobre él.
Esa variedad de registros se manifiesta en episodios tan diferentes como el dedicado a los perros del muro de Berlín, donde el animal adquiere protagonismo, o el de un crucigrama sin resolver, en el que el nombre de una raza canina parece cerrar una historia cuando, en realidad, está abriendo otra. En un registro muy distinto, la aparición de un niño de doce años capaz de recitar magistralmente los versos de la Odisea dedicados a Argos, el perro de Ulises, establece un puente inesperado entre la sensibilidad contemporánea y una de las escenas más conmovedoras de la literatura antigua. Son ejemplos de cómo Mavrudís consigue que una referencia aparentemente secundaria ilumine todo un relato.
Hay también en estas páginas una particular manera de transmitir conocimientos y formas antiguas de mirar el mundo. La cultura, las evocaciones literarias y la experiencia personal no aparecen como exhibición erudita, sino integradas en una conversación íntima con el pasado. En ese territorio de recuerdos, saberes y pequeñas revelaciones, los perros merodean con una naturalidad que parece inseparable de la historia humana. Son criaturas de la vida cotidiana, pero también habitantes de nuestra memoria cultural.
La brevedad de los textos no debe confundirse con ligereza. Cada fragmento invita a detenerse, a releer y a descubrir matices que una lectura apresurada podría pasar por alto. No es un libro construido para encadenar acontecimientos ni para provocar emociones fáciles. Su belleza reside precisamente en la contención, en lo que sugiere más que en lo que declara, y en la confianza que deposita en la sensibilidad del lector.
La inmortalidad de los perros es una pequeña joya literaria que demuestra que escribir sobre perros no exige hablar continuamente de ellos. A veces basta con dejar que merodeen por las palabras, por los recuerdos y por los silencios. Y quizá sea esa una forma particularmente hermosa de inmortalidad: permanecer en la memoria mucho después de haber abandonado la escena.


Roger Grenier. La dificultad de ser perro. Alba Editorial. 2001.
La muerte de un perro puede dejar un silencio difícil de explicar a quien nunca haya compartido su vida con uno. Roger Grenier, escritor y periodista francés, convierte ese silencio en el punto de partida de un libro extraordinariamente singular: una obra donde el dolor por la pérdida de un compañero se transforma, casi sin advertirlo, en un recorrido fascinante por la historia cultural de los perros y de los seres humanos que los han querido, temido, utilizado o intentado comprender.
Lejos de escribir unas memorias sentimentales o un tratado sobre el comportamiento canino, Grenier reúne recuerdos, anécdotas, citas y reflexiones que atraviesan siglos de literatura, filosofía, arte e historia. Su erudición es tan amplia como discreta. Los episodios se suceden con la naturalidad de una conversación entre personas cultas, donde una historia conduce a otra y los perros aparecen como testigos privilegiados de las contradicciones humanas.
Por estas páginas desfilan Argos, el viejo perro de Ulises que reconoce a su amo después de veinte años de ausencia; Lord Byron y su célebre devoción por los perros; André Gide, Descartes o Napoleón, entre muchos otros personajes cuyas relaciones con los animales permiten descubrir aspectos inesperados de sus vidas y pensamientos. El resultado es un delicioso anecdotario que alterna lo doméstico y lo extraordinario, lo conmovedor y lo irónico, la pequeña historia cotidiana y las grandes cuestiones de la condición humana.
Uno de los mayores atractivos del libro reside en la libertad con que Grenier organiza sus materiales. No necesita seguir una cronología ni construir una argumentación sistemática. Avanza mediante asociaciones, recuerdos y hallazgos literarios, como si cada perro mencionado despertara la memoria de otro y cada episodio invitara a una nueva digresión. Sin embargo, bajo esa aparente dispersión existe una profunda unidad: la pregunta por el lugar que ocupan los perros en nuestras vidas y por la dificultad de comprender plenamente a unos seres tan próximos y, al mismo tiempo, tan diferentes de nosotros.
El título adquiere así una resonancia particular. Ser perro significa vivir sometido a las decisiones, afectos y contradicciones de los humanos, pero también conservar una forma de estar en el mundo que se resiste a nuestras explicaciones. Grenier contempla esa distancia con ternura, curiosidad y una ironía que nunca llega a borrar la emoción.
Lo verdaderamente admirable es que la abundancia de referencias culturales no convierte la obra en un catálogo frío de curiosidades. Detrás de tantas historias permanece la ausencia del perro perdido. El autor parece encontrar en las vidas de otros perros, y en las palabras que tantos escritores les dedicaron, una manera de prolongar la conversación con el suyo. La erudición se convierte entonces en una forma de memoria y, acaso, de consuelo.
La dificultad de ser perro es un libro para leer sin prisas, detenerse en sus anécdotas y regresar a sus páginas. Una obra inteligente, melancólica y profundamente humana, que demuestra cómo el amor por un animal puede abrir las puertas de una biblioteca entera. Y cómo, a veces, hablar de todos los perros del mundo es también una manera de seguir hablando de uno solo.


Olivier Guerse y Guillaume Lhote. El mejor amigo del perro. Tengu Ediciones. 2025.
¿Y si un día los perros decidieran que los seres humanos no estamos capacitados para gobernar el mundo y resolvieran adoptarnos como animales de compañía? Esta es la disparatada premisa de El mejor amigo del perro, un cómic tan divertido como incómodo, en el que Olivier Lhote y Guillaume Guerse ponen patas arriba las relaciones entre humanos y perros.
En un futuro distópico, la humanidad ha terminado por demostrar su incapacidad para gestionar sus propios asuntos. Los perros toman entonces las riendas de la sociedad y relegan a los humanos a la condición de mascotas. A partir de ese momento, las personas son paseadas con correa, sometidas a las normas de convivencia de sus nuevos propietarios y tratadas con esa mezcla de afecto, condescendencia y autoridad que tan familiar resulta a cualquiera que haya convivido con un perro.
La inversión de papeles constituye un recurso humorístico de extraordinaria eficacia. Lo que contemplado desde nuestra posición habitual parece natural, razonable o incluso una muestra de cariño, adquiere un significado muy diferente cuando somos nosotros quienes debemos soportarlo. La domesticación, la obediencia, el control de la reproducción, la soledad o la dependencia absoluta del propietario se convierten en motivos de una sátira que no necesita grandes discursos para resultar demoledora.
Hay algo particularmente interesante en la mirada de Olivier Lhote, que además de guionista es especialista en comportamiento canino. Bajo la aparente frivolidad de los disparates se encuentra una cuestión muy seria: nuestra tendencia a interpretar las necesidades de los perros desde los deseos y conveniencias de los humanos. El dibujo caricaturesco y expresivo de Guillaume Guerse, junto con unos diálogos ágiles y mordaces, refuerza ese juego de espejos.
Especialmente ingeniosa resulta la inesperada aparición de «El consultorio de los lectores», unas páginas que interrumpen la narración para remedar las secciones de consejos de cierta prensa popular y especializada. Preguntas dirigidas a la redacción, respuestas aparentemente autorizadas, reclamos tan desconcertantes como «Los humanos pueden enamorarse» y anuncios del tipo «Sea un buen perro, no abandone a su humano» componen una deliciosa parodia de nuestros propios hábitos periodísticos y publicitarios. El humor ya no depende únicamente de la inversión entre perros y humanos: también se burla de los discursos, las convenciones y las pequeñas solemnidades con que nuestra sociedad aborda sus preocupaciones cotidianas. Una ruptura narrativa tan inesperada como eficaz, que añade otra vuelta de tuerca a la sátira.
A diferencia de otras distopías protagonizadas por animales, aquí no domina la tragedia ni se busca construir una alegoría política solemne. La crítica llega mediante una sucesión de situaciones absurdas, a veces deliberadamente groseras, que provocan la carcajada antes de dejar paso a una reflexión menos complaciente. Los autores saben alternar la reiteración de los disparates cotidianos con recursos inesperados que mantienen viva la sorpresa y amplían el alcance de su mirada crítica.
El mejor amigo del perro es, en definitiva, una lectura desenfadada, irreverente y bastante más incisiva de lo que su apariencia sugiere. Una invitación a reírse de la condición humana y a preguntarse, de paso, si los perros tendrían motivos para estar satisfechos con el trato que reciben de sus supuestos mejores amigos.


Teodoro Gaza. Canis Laudatio (Elogio del perro). Leo S. Olschki. Florencia. 2019.
A veces, los libros más pequeños contienen historias extraordinariamente largas. Las apenas treinta y dos páginas de Elogio del cane, del humanista griego Teodoro Gaza, nos trasladan a un tiempo en que los estudiosos del Renacimiento recuperaban con entusiasmo la cultura clásica y encontraban en ella nuevas maneras de reflexionar sobre el mundo. Entre los asuntos que merecieron su atención figuraba también el perro, compañero de los seres humanos desde una antigüedad que entonces, como ahora, despertaba admiración y curiosidad.
La ocasión que dio origen a esta pequeña obra resulta tan sencilla como encantadora: Gaza quiso acompañar el regalo de una perrita a un personaje ilustre con un elogio de las cualidades de su especie. Lo que podría haber sido una mera cortesía se convirtió en un refinado ejercicio literario, una celebración de la fidelidad, la inteligencia, el afecto y la extraordinaria variedad de servicios que los perros prestan a los humanos.
Teodoro Gaza, nacido en Tesalónica y establecido en Italia durante el siglo XV, fue uno de los grandes transmisores del saber griego al humanismo occidental. Traductor de Aristóteles y Teofrasto, conocía profundamente las fuentes clásicas y sabía utilizarlas con elegancia. En su elogio desfilan episodios heredados de la Antigüedad, como el extraordinario perro ofrecido a Alejandro Magno por el rey de Albania, los perros vinculados al regreso del rey de los garamantes o la fidelidad del perro de Jantipo, padre de Pericles. Estas historias no son simples curiosidades: forman parte de una memoria cultural que reconoce en el perro virtudes dignas de admiración y ejemplo.
El texto pertenece a la tradición del elogio retórico, pero participa también de ese serio ludere, el arte humanista de jugar literariamente con asuntos que, bajo su apariencia ligera, permiten desplegar conocimientos y reflexiones. Gaza no pretende escribir un tratado zoológico ni una historia natural del perro. Su propósito es celebrar sus cualidades mediante la erudición, la amenidad y el placer de una escritura cuidadosamente elaborada.
Resulta particularmente interesante comparar esta obra con el Canis de Leon Battista Alberti, otro extraordinario elogio canino del Renacimiento. Ambos comparten motivos clásicos y una tradición literaria común, pero sus temperamentos son muy diferentes. Mientras Gaza conserva la compostura del elogio tradicional, destacando las virtudes naturales del animal, Alberti convierte la alabanza de su perro difunto en una pieza de ironía mordaz, donde las virtudes caninas sirven también para poner en evidencia las miserias humanas. Dos formas de mirar al perro que revelan, al mismo tiempo, dos maneras de entender el ejercicio literario.
La edición italiana preparada por Lucio Coco constituye, además, un pequeño placer bibliográfico. Su cuidada presentación, la introducción histórica y la traducción permiten recuperar una obra poco conocida en un formato breve, elegante y proporcionado a la naturaleza del texto.
Elogio del cane es una lectura deliciosa que invita a descubrir cómo, hace más de cinco siglos, un humanista encontraba en las virtudes del perro materia suficiente para ejercitar su ingenio y rendirle homenaje. Una pequeña joya de la literatura renacentista que recuerda que la admiración por nuestros compañeros caninos tiene también una larga y hermosa historia escrita.


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