La corta ganancia
que sacaba un ciego,
le obligó a quejarse
con su amigo el Perro.
Diciéndole: !malo!
por pesado y lerdo
sin duda no bailas
a gusto del Pueblo.
Yo estoy enfadado,
y a cantar no acierto:
¿pues qué haremos ahora
para mantenernos?
A lo que el Perrillo
le respondió presto:
si en tu sinfonía
me hicieras maestro;
que yo la tocara,
y tú muy derecho
a mi son bailaras
la zambra, el bolero,
entonces, mi amo,
entonces sería ello:
ya no digo cuartos,
lloverían pesos.
Porque bien mirado
solo a lo estupendo ,
se despierta el gusto
de esos medio muertos.
Muy bien, muy bien dices:
(aquí exclamó el viejo)
vamos a ensayarnos,
que a la hora no llego,
en que vean las gentes
con asombro nuevo
que los perros tocan
y bailan los ciegos.
Sirva esto de advertencia a los Autores; pues si siguen por rumbos conocidos, jamás verán sus nombres aplaudidos.
El Aplicado.
Correo de Madrid (o de los ciegos). 1790.



